Elsa Schiaparelli: Surrealismo y Moda


Un dibujito del sombrero-zapato de Schiaparelli.
Un diseño inspirado por Gala y Dalí.


La revista Mamba nace en Medellín gracias a un talentoso equipo interdisciplinario y se enfoca en arte, vestuario e historia. Esta publicación maravillosa me dio un espacio en su primera edición, dedicada al surrealismo, para hablar sobre Elsa Schiaparelli, la mujer que vinculó el arte y la moda. Comparto el texto y que además encontrarán en la  página 39 de la revista.




La imagen doble de Elsa Schiaparelli

Dos bocas se acercan casi hasta tocarse. Los rostros se encuentran bajo una cenefa de flores en una escena nocturna. En un parpadeo cambia la imagen y el vacío entre los perfiles enfrentados es un jarrón sinuoso en el que descansan las mismas rosas que coronaron a los amantes. Miramos un lienzo.
No.
Estamos mirando un abrigo y en su espalda se dibuja una imagen doble trazada por Jean Cocteau, bordada en seda brillante para la colección de otoño de Elsa Schiaparelli en 1937.

 

Creadores como Salvador Dalí o Cocteau encontraban fascinante la ilusión de las imágenes dobles, el juego de las cosas que revelan más de un significado a la vez. Tal es la naturaleza de la obra de Elsa Schiaparelli. Como esa doble imagen bordada en el abrigo, la faceta de la artista que enfrenta a la faceta de diseñadora; la ambigüedad del traje que es obra de arte o la obra de arte que es traje.
Una madre aristócrata descendiente de los Medici y un padre académico sembraron un carácter intelectual en Elsa Schiaparelli. La infancia se pasó en un palacio napolitano, con los ojos puestos en el cielo nocturno en compañía del tío, Giovanni Schiaparelli. El conocido astrónomo le daba nombre y sentido a cada punto brillante que la niña señalaba. La mirada de Elsa descubría también su propio semblante en la faz de la noche, constelando los lunares en sus mejillas como si fueran estrellas.
Comenzaba el siglo XX cuando Elsa, estudiante de filosofía, escandalizó a sus padres confesando su deseo de dedicarse al teatro y publicando un libro de poesía sobre sensualidad y misticismo. La trágica Schiaparelli fue enviada de inmediato a un convento suizo del que solo salió tras una huelga de hambre. Con apenas 20 años, el arte le ya le había costado el vínculo familiar.
Viviendo en Nueva York, años más tarde, Elsa conoció a la ex-esposa de Francis Picabia, Gaby, la mujer que le abrió las puertas a la escena de la vanguardia artística. El dadaísmo vertió su delirio en los ojos de Schiaparelli con la obra de Man Ray, Marcel Duchamp y Alfred Stieglitz, quienes además le ofrecieron su amistad.
Schiaparelli se mudó a París siguiendo a sus nuevos amigos y su mundo comenzó a moverse en torno al ‘Boeuf sur le Toit’, alma de la ciudad durante los años 20. Entrando al restaurante podía uno chocarse con Breton, Hemingway o Chaplin y escuchar a los mejores músicos de la ciudad improvisando hasta llevarse la noche entera en una canción de jazz. Elsa sucumbió a esa atmósfera bullente de genialidad, comenzando a diseñar trajes para sí misma.

 

“Esa artista italiana que hace vestidos”

Con ese término definió Coco Chanel a la que fuera su gran rival en la escena de moda parisina. Aunque Chanel habría de inyectarle veneno a sus palabras, no existe un bautizo más certero para esa extraña mujer de energía surrealista.
Tal vez era necesario que Elsa llegara a la moda por los caminos del arte y solo con la guía de su carácter excéntrico. Su proceso de creación emulaba el de un pintor o un escultor más que el de los grandes modistos. Esta mujer no buscaba exaltar la belleza sino subvertirla, acorde con espíritu agitador del Dadá y el surrealismo. Los trajes de la casa Schiaparelli eran siempre preguntas, siempre juegos de doble significado, siempre concepto y no simples modas. Una mujer vestida de Schiaparelli era enigma, a la vez mariposa, canción, constelación, tormenta, mujer y obra de arte.
Esta ambigüedad es el regalo de Elsa Schiaparelli a la moda, con una belleza concebida para perturbar. De sus amistades tomó prestada la técnica pictórica de la doble imagen, al igual que el trompe-l'œil, “el engaño a los ojos” en ilustraciones sobre tejidos con volúmenes realistas para fingir la tridimensionalidad.

En 1933, en su hogar mediterráneo, Salvador Dalí jugaba a balancear sobre la cabeza un tacón de su esposa mientras ella lo fotografiaba. La imagen tomada por Gala ese día inspiraría una colaboración entre Dalí y Schiaparelli cuatro años más tarde: un sombrero que a la vez era un zapato de tacón. O mejor dicho, un zapato de tacón para la cabeza. Al llevarse sobre la cabeza, el zapato perdía su cualidad de zapato, o tal vez la cabeza perdía su cualidad de cabeza por estar usando un zapato. Ni sombrero ni zapato, la pieza era entonces la imposibilidad de ambos. “Se necesita coraje para usarlo”, afirmó Schiaparelli, también algo de locura. Solo Elsa, Gala Dalí y la lanzada editora de Harper’s Bazaar, Daisy Fellowes, se atreverían.
La obra de Dalí se fundió constantemente con la de Schiaparelli, en lo que serían las primeras colaboraciones entre arte y Alta Costura. Una de las piezas más reconocidas de este dúo fue un vestido de noche para la colección de la modista, en 1938. En el traje, ilustraciones de una piel animal violentamente desgarrada se modulaban como estampado, mientras el velo que completaba el atuendo, llevaba desgarros reales, similares a las imágenes del vestido. Nuevamente la fuerza estaba en la vaguedad del mensaje, cuestionando lo real y lo ficticio al presentarnos la ruptura del vestido en ambas versiones. A la vez, como vestido de noche, en apariencia despedazado, era una representación violenta en una época de tensión política: se vivía aún la guerra civil española y se auguraba una sombra de terror en el resto de Europa. 



Las colaboraciones con Dalí y Cocteau señalaron los días más surrealistas en la trayectoria de Schiaparelli. En la década de los 30 vivió sus días de gloria, con actrices de Hollywood, íconos de moda e intelectuales de sociedad como sus principales clientas. Según la ex editora de Vogue, Bettina Ballard, “una clienta de Schiaparelli no tiene que preocuparse por su belleza. Se destacará a donde vaya, armada de una aguda presteza para la conversación.”
A pesar del encanto de sus creaciones, la firma perdió impulso durante la segunda guerra mundial y la llegada del New Look de Dior, de corte ultrafemenino, arrancó de la moda el deseo de trasgresión surrealista. La  casa cerró finalmente en 1954, marcando la retirada de su icónica creadora.
El efecto mariposa
La artista de la Alta Costura fue la madre de muchas innovaciones en la industria de la moda, más allá de la vinculación del vestuario con el arte.
Schiaparelli presentaba colecciones temáticas en las que todas las piezas orbitaban en torno a una misma idea: el zodiaco, la música o la naturaleza. En las siluetas, los colores y los pequeños detalles podía percibirse un concepto único. En su colección circense, en 1938, las chaquetas eran escenario para los botones metálicos, con forma de acróbatas suspendidos en el aire.  En las cinturas y las espaldas jugaban payasos y elefantes sobre fondos de un rosado escandaloso. Fiel a su origen de artista, Schiaparelli presentó su visión circense como un performance, con música y acróbatas reales acompañando el desfile.
 Tales rituales en torno a la moda eran en su tiempo una extravagancia y hoy en día fundamentan el prestigio de las casas de Alta Costura. El espíritu de los diseñadores de vanguardia se moldeó según la línea caprichosa de Schiaparelli. La osadía del surrealismo sería su legado, atreviéndose a desafiar el buen gusto y experimentando incansablemente con la idea de la belleza.
Mucho antes de que Alexander McQueen fuera bautizado como el enfant terrible de la moda, Elsa Schiaparelli se había ganado el título con su rebelión de vanguardia. A finales de la década de los 30, lanzó una colección de vestidos en estampado de mariposas, tomando la imagen de la metamorfosis para exaltar la belleza que nace de lo mundano. Entre las convicciones de Schiaparelli estaba la certeza de que el estilo personal podía convertir a una persona ordinaria en un ser extraordinario. Los insectos eran ilustrados de forma realista, figuras inquietantes más que símbolos románticos.

Setenta años más tarde, Alexander McQueen retomaría también esa imagen inquietante de los insectos como símbolo de la feminidad. La mujer de McQueen era un depredador con un caparazón de Alta Costura y, a la vez, la víctima refugiada en la armadura de la moda. Tras la muerte de Alexander McQueen en 2010, la casa homónima lanzaría una colección cubierta de mariposas, símbolos de cambio y renacimiento.

Marc Jacobs es otro diseñador que ha confesado su fervor por la obra  de Elsa Schiaparelli. La cabeza de la firma Louis Vuitton le ha construido una identidad audaz, tomando artistas contemporáneos como referentes y colaboradores en la creación de productos y espacios de venta. El año pasado fue Yayoi Kusama, figura indispensable del avant-garde japonés, quien inspiró a Jacobs y creó su propia colección de piezas Louis Vuitton. En la propuesta de Kusama se percibe el arte óptico de los años 60, con una saturación de coloridos lunares recorriendo la superficie de los bolsos de cuero.
Jacobs suele recurrir a la estética del Op Art para la firma de marroquinería y para su propia marca también. El diseñador americano está convencido, igual que Schiaparelli, de que la moda no existe sin ese aire divertido, capaz de inyectar color y extravagancia a la vida. 

La evocación de Elsa Schiaparelli llegó el año pasado, no solo como influjo en la trayectoria creativa de Marc Jacobs. El Museo Metropolitano de Arte de Nueva York lanzó también su exhibición “Schiaparelli y Prada: Conversaciones imposibles” en el que ambas diseñadoras italianas sostienen un diálogo imaginado por medio de sus creaciones. La exposición rastrea las vidas paralelas de Miuccia Prada y Elsa Schiaparelli como fuerzas vitales de la moda en el último siglo, además de despertar un interés general por la obra de la segunda.
Sería precisamente una exhibición de museo, templo indiscutible del arte, la predicción del renacimiento del espíritu Schiaparelli. En 2012 se reabrieron las puertas de la casa que alguna vez gestara increíbles trajes junto a Dalí y Cocteau, anunciando su reapertura. En septiembre de este año se definió como cabeza de la firma al compatriota de Elsa, Marco Zanini, y las expectativas de la industria sobre él son bastante altas. 





El mundo que encuentra ahora la resucitada casa Schiaparelli no se asombra con la facilidad de Europa en los años 30. De lo sembrado por Marcel Duchamp, Man Ray o la misma Elsa, brotaron artistas y diseñadores que no conocen límite para la provocación. La escena que verá el regreso de la moda surrealista se acostumbró a modistos de estilo escultórico y al performance en pasarela, Alta Costura concebida con la exquisitez de la obra de arte. Si Elsa Schiaparelli pudiera darle a Zanini un consejo para enfrentar este panorama, sería la frase célebre -filosofía de su vida-, “atrévete a ser diferente”.

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